29.8.12


El otro día me di cuenta que estaba viva.
Y me sentía rara. Lejana.
Como si en algún momento, sin notarlo,
hubiese avanzado una mitad mía,
dejándome atrás.
Separándose en silencio,
sin adioses ni promesas,
sin nombres,
sin mi.

Me fui sin mi;
y no me acuerdo
quién era.
Ni quién soy.

El otro día me di cuenta que estaba viva.
Me desdoblé ahí nomas
y me miraba
(desde arriba)
mirar…. todo.
Con ansias,
con ganas de
devorar imágenes,
colores,
luces,
sonidos.

Con toda esa vida afuera
pidiéndome entrar.
Con el sol de frente
obligándome a sentir,
a volver.

Y yo quiero,
volver.

¿Dónde?

8.8.12


Las tardes de lluvia me hacen acordar a Salto.
A Salto, en un sillón al semi reparito,
con una hendijita de la puerta-ventana abierta.
Todos juntos, en silencio; viendo cómo caen los segundos.
A que la luz se cortó y ahora qué.
Es hora de siesta en Salto y se nos fue la luz.
Y llueve.
Con la lluvia te das cuenta
que algo más que vos pasa en este mundo.
Te detenés;
y te sentís parte de un todo…
un todo que llueve con vos.

El sonido; es el mismo… siempre.
Y volvés.
Llueve y me siento viva.
Me siento acá.
Y allá. Pero una.

26.6.12

esos días,
que de tan largos
parecen semanas,
que cuando terminan
no sabés ni
qué-dónde-cuándo,
que se mezclan
de personas y lugares
de sabores y colores,
que te cansan tanto
que te llenan de energía.
y te vas a dormir
queriendo despertar.

me encantan

1.6.12

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3.9.11

fireworks


play

Efímero,
ése instante,
en el que lo es
todo.
La noche abre paso a su momento;
belleza disgregada abrazando la eternidad.


Esencia auto-destructiva
ansiosa de tomar vuelo

sólo
para consumirse
en silencio.


Inmaterialidad mágica.
Opaca, con su inmensidad,
pasado,

futuro


Sólo presente...
y el vacío.

21.1.11

(Caminantes) i

(Cuentos Autónomos Mínimamente Inventados Nunca Antes Narrados Tremendamente Experimentados Socialmente)


Estaba parada en la barrera del tren, esperando a que pasara. Pasaron 2, 3, 4 hombres apurados, con desesperación aparente por llegar al otro lado. Yo, quieta, los miraba pasar mientras pensaba qué rápido que una vida se puede ir y qué tan poco hay que hacer para impedirlo. El tren no apareció. Llego una señora cantando con sus dos hijas. Se detuvo sonriente y después de un segundo siguió como si la barrera baja significase poca cosa. Los miré desde lejos, pensando que ahí viene el tren, que no venga el tren, que no vino el tren… y por fin se levantó la barrera y crucé con cierta inseguridad… pensar que ahí mismo, segundos antes, pasaba un gigante de hierro… Apuré el paso.
En una calle desolada, como es Acha, que no pasa ni media alma partida, había tres caminantes. Era cómico ver cómo caminaban, uno atrás del otro, sin cruzar ni una palabra, una mirada. Lo común en esos casos era que, al rato del encuentro poco trascendente, se fueran separando, de a poco, en una esquina, una puerta… pero no; siguieron juntos. Al principio lideraba la marcha una joven que, a paso acelerado, iba esquivando ramas, baldosas flojas y todo lo que podría haber en su camino. Pero, de a poco, se fue quedando atrás, pensativa. Los dos señores formaban parte de una pelea muda en ver quién llegaba antes al final de la cuadra.
En medio de esta caminata contra tiempo, y ahondándose cada vez más en sus conflictos internos, ella sonríe. Pero, entendamos esto: era lo que puede llamarse una sonrisa desesperada, cínica. Pensar en cosas de cosas en medio de tanto silencio la había hecho recordar y no podía evitar la tristeza. No quería llorar… por eso había sonreído. Pero, como siempre pasa cuando alguien desea con todas sus fuerzas no hacer algo, lloró. Y aunque no se le escapó ni un sonido -porque su llanto no era de palabras sino de corazón herido y el corazón a veces calla- los dos caminantes lo sintieron. Y ese sentimiento quedó atrapado, porque el dolor crecía y ninguna de las dos almas que la acompañaban le quiso prestar atención. Yo tampoco. Por eso la miro desde afuera. No me quiero acercar. Porque me da miedo. O, quizá, como a ellos, tal vez no me importe. Ella se entristeció más, se sentía chiquita, imperceptible… y avanzó con tal coraje que pasó a ambos y caminó sola, a paso apresurado, por un Buenos Aires inhóspito y lejano a ella.

13.2.10


A veces me siento un poco como las Vírgenes Suicidas… esa sensación de soledad encerrada en sí misma… de un volcán a punto de ebullición, la libertad en la punta de la lengua, arañando por salir… el aire que se va antes de que pueda respirarlo, profundamente, con todo mi ser… Siento cómo todo lo que me rodea me pesa, me aplasta… el aire no es más que polvo y calor… calor y polvo. Me envuelve y contrae mi pecho… mi respiración se desacelera, tratando de no desperdiciar pureza. Miro… miro esa silueta borrosa que es mi ventilador y entonces siento una brisa, cada tanto, que me deja seguir pensando… Porque es tanto, y tan grande, lo que se cierne sobre mí, que sólo puedo pensar… Y hasta la mente tiene un límite y deja paso al sueño… pero ni en sueños estoy tranquila… Me persiguen imágenes, nuevas y viejas… Todo vuelve… recuerdo cosas, recreo otras… y siempre esa maldita vocecita que piensa, piensa… Quiero que se calle. Quiero sentir sin pensar. No quiero respirar; que todo esté en silencio. Sólo quiero escuchar mi corazón palpitando en mi oreja. En mis manos. La sangre moverse, adentro mío, delicada… casi imperceptible. Ver a través de mis párpados la nada, una oscuridad inmutable… Quiero sentir el peso de mi cuerpo, de mi existencia… toda preparada para elevarse y, a la vez, atada a su sombra. Quiero, sólo por un momento, sólo de cuando en cuando, respirar… paz.

8.8.09

Hoy de vuelta tuve esa sensación de… “desprendimiento”. Es como si tu cuerpo se quedará mirando, inmóvil, cómo un pedazo suyo sale flotando. Y el pedazo te mira. Y sigue conectado con vos, de alguna forma. Y te describe mejor de lo que cualquiera lo podría haber hecho en ese momento. Y espera a que reacciones, a tu primer movimiento. Pero a la vez sabe con exactitud cuándo va a suceder.

En ese momento estás paralizado. La mirada fija. Tu cuerpo se hunde… se va desarmando en suspiros. Y te preguntás por qué…

28.4.09


Hubo un tiempo en el que todo era más simple. Todo se reducía a ser feliz. A la plenitud que uno podía llegar a alcanzar con sólo estar en armonía con los otros. Vivir en paz, vivir para uno, pero también para el resto. Preocupándose para que el otro sea feliz con nosotros. Para compartir cuando sobraba alegría. Y para recibir cuando nos faltaba.
Era un tiempo sin maldad. Sin divisiones. El hombre no era perfecto. No era un ángel, ni mucho menos un dios. Sólo había logrado el equilibrio entre la maldad y la bondad que siempre habitan conjuntamente en nuestro interior. Se necesitan, se corresponden, y depende sólo del mismo hombre elegir cuál predomina. De definir en el preciso instante de locura la condena o la salvación.
A algunos les es más difícil: las circunstancias interfieren con su decisión… otros hombres, tan o más perdidos aún, hacen sinuoso el camino. Hay que luchar por la bondad. Por nuestro lado más divino, más perfecto… más anhelado.
Hubo un tiempo en el que todo era más simple. Ese tiempo pasó. O quizá nunca haya ocurrido… Por ahí en un lugar lejano esté ocurriendo en este mismo momento. O tal vez ocurra. Decir que hubo no es decir que ya no hay. Porque el pasado está constantemente con nosotros. El presente, el pasado y el futuro se funden entre sí creando un sinfonía de minutos y segundos, de alegrías y nostalgias, que permiten un infinita posibilidad de posibilidades. Nos dan la oportunidad de vivir en ese tiempo otra vez. O quizá por vez primera, nunca se sabe…

23.4.09

Sos como el agua, que se escabulle en todos lados, hasta por donde no se la llama. Entrás en aquellas viejas heridas, forzándolas hasta agrietarlas. Eso sos, desgraciado, un fantasma que vuelve una y otra vez: nunca te quedás, pero tampoco te vas. Hacés que recuerde cada minuto, cada grito, cada llanto. Tuyos y solo tuyos, pero... yo no quise; vos me obligaste. Todo habría sido más fácil si me hubieras escuchado, si no hubieras corrido a sus brazos en vez de a los míos. Pero ya es tarde. ¿Qué querés que haga ahora? Ya está todo hecho y dicho.

Lo que ves aquí es un secreto. Un pequeño cofre de felicidad que la humanidad no ha encontrado aún. Una puerta que, por ser tan diminuta, se han olvidado de abrir. Permanece oculta entre tanta oscuridad pero no se corrompe. Es increí­ble que algo así sobreviva entre tanta tristeza. Una esperanza. Una promesa para quienes la intuyen.
No todo está perdido, todavía hay una opción. Está en ellos elegirla, encon­trarla, buscarla. Pero en serio; no ésta búsqueda detenida en el intento fallido…

Se aferró a su cuerpo, sintiendo cómo el peso de la muerte se interponía entre ellos. Lloró desconsoladamente, mirando el pálido rostro con ternura.
Temía creerlo, asimilar su muerte. No quería entender que su voz ya no existiría. Que esos ojos no verían más allá de aquellos párpados sellados.
No quiso comprender, se quedó sentada a su lado; sonriendo e imaginando. Para ella su mundo seguía igual: él existía y eso le bastaba para vivir, para soñar. Siguió soñando… por siempre.

el vacío


Sintió como si su pecho se cerrara. Como si le fuese difícil atrapar el aire que se encontraba a su alrededor. No podía respirar con normalidad, su existencia le dolía. Una y otra vez se preguntaba si debía seguir viviendo... porque todas las señales le demostraban lo contrario. El mundo se empeñaba en brillar para ella, pero sus ojos no veían más que lo que su mente apenas alcanzaba a suscitarle. Nada la ayudaría esta vez. Al menos nada que estuviese presente. Se estaba exiliando al lugar más remoto de su inconsciencia. No quería pensar más, no quería sentir nada que le causara dolor. Y eso, sencillamente, se remitía a todo.
Cerró los ojos. Todavía le costaba reprimir sus emociones, sus pensamientos. De a poco iba enviando cada imagen, cada palabra a lo más lejano de su mente. No sería fácil. Un trabajo doloroso y arduo. Lo único que anhelaba era terminarlo de una vez para sumirse en un oscuro letargo. Un precioso silencio eterno le acariciaba su mente… imposible negarse ante tal seducción.
Los recuerdos se iban… se escondían en su cabeza a la espera de un inminente cambio de parecer… pero esto no sucedería con tanta rapidez. Y ella, lentamente, se iba sumergiendo en un sueño ligero… sin imágenes ni voces, ni nada que se pareciera a la vida. Simplemente existía. Se limitaba a respirar… con el solo objeto de no morir. No porque anhelara la vida, sino porque temía que la muerte trajera consigo todo lo que ella trataba de olvidar. La debilidad de su cuerpo, llevaría a la de su mente y eso no era justamente una ayuda para su laborioso trabajo de autocensura. No podía permitirse ese error. Un impulso imprevisto, devenido en acción podría arruinar todo lo que había logrado. Era algo que ella no se iba a permitir.
Todo marchaba bien. No pensaba en nada. La vida transcurría y ella no se daba por aludida en absoluto. Las estaciones, los años se iban sucediendo y ella seguía inmóvil. Todo marchaba bien hasta que algo la traicionó. Un estímulo externo que hacía tiempo había dejado de existir para ella. Su voz apareció como lenguas de fuego que iluminaron su interior. El calor era reconfortante, pero le hacía recordar tantas cosas… demasiadas para poder soportarlas. Todas sus barreras se debilitaron, por un segundo su mente se nubló y eso fue todo de lo que necesitó para volver a la realidad. Pero lo que encontró no fue lo que buscaba. Esperaba encontrarlo a él, con su voz, rozándole los párpados. Acariciando una vez más sus mejillas... Él no estaba… y ella no era lo suficientemente fuerte como para asumirlo.

espera


No quiero la espera de Penélope. No quiero recordarte una y otra vez, hasta que el recuerdo se vuelva difuso y ya no quede más que un sueño. Una utopía tuya. Porque cuando el sueño no sea sueño, cuando vuelvas, ya no vas a ser mi espera. Ya no voy a quererte, porque mi sueño va a quedarse en el pasado. Vas a ser vos pero en la milésima de segundo última que te haya visto. Un segundo más y ya vas a ser otro para mí.

No quiero imaginarte. No quiero que me quieras en sueños. Porque ahí sólo entramos dos; la realidad queda fuera. Y cuando llegue el momento quizá me decepcione. Y cuando no llegue el momento será una espera interminable.

No quiero la espera de Penélope. Anhelar y anhelar... ¿para qué? Para encontrarse con que el recuerdo engaña, entorpece el curso de las cosas. Para verte y no encontrarte. Para esperarte toda una vida. Esperar lo soñado, lo imposible. Esperar...

Penélope espera, espera. Tiene una sonrisa grabada en su corazón y no deja espacio a la vida. Cree saber lo que espera pero sin darse cuenta lo deja ir. Su ser utópico le sonríe desde su mente, la invita a esperarlo. Pero él sabe que nunca irá, que ya no existe.

Triste espera ciega. Tristes ojos miran sin mirar, porque por dentro saben que lo único importante para ver nunca aparecerá. Y ella sonríe. Qué ingenua.

8.3.09

rompecabezas

Una pieza, separada del resto, es un mundo de infinitas posibilidades. De múltiples relaciones, de piezas que se mezclan y fuerzan uniones. Se buscan, se encuentran, se pierden. Y en ese continuo buscar y buscar, encaja. Te toma por sorpresa; escalofríos. Ahora es parte de la trama, ahora se mueve a la par de otras piezas, ahora… Se pierde. En lo adyacente. En lo opuesto. En la estructura. Pero se encuentra en la unión. Y parece tan simple que te hace sonreír.

19.1.09



¿Cuántas veces dejamos que nuestros pensamientos nos aten? ¿Que controlen nuestras acciones, hasta nuestros destinos? La mente limita más que cualquier otra cosa. Es ella quien decide nuestros movimientos. Y hay veces que se equivoca. A veces crea falsos dilemas y complicaciones que no nos dejan respirar. Nos encierra con sus rejas de sombra; sutilmente bloquea las salidas, las opciones. Y nos maneja como títeres inertes en el sinsentido de una existencia temerosa de vivir.

23.6.08

te.

Te puedo encontrar entre mil caras
te puedo liberar de todas las trabas
te puedo dejar volar
te puedo dejar bajar
te puedo.

14.4.08

Sombras de la vida se pasean por ahí y no la dejan pensar. Se envuelve en locura y no encuentra salida a tanto mal. Mira para atrás, pero ya no hay atrás. Vuelve y no hay vuelta. Se queda pero desaparece. El momento pasó. ¿Qué hacés ahí parada?

12.4.08

Copito.

A Copito se le fue el tren.
Lo perdió, como se dice.
Y se dirá que fue el destino.
Un semáforo en contra,
unos pasos más, menos.
Pero Copito sabe que no es cierto.
Él se atrasó peinándose el sombrero.
Lo sabe, pero igual sonríe.

21.3.08



Cae el atardecer y uno a uno se van yendo. No queda más que la sombra de lo que fue. El abismo. Una soledad insoportable pero verdadera. Al menos eso le queda. La realidad no siempre es lo esperado, pero cuánto mejor que el sueño. El continuo desear y nunca acontecer. Sin sueños no existimos. Solo con sueños, tampoco. Hay que buscar el equilibrio entre ambos. Algo más tangible que una mera nube.